sábado, 22 de julio de 2017

BOOTING

Miro alrededor, la misma breve habitación, el mismo lugar, la misma rutina. Nada cambia. Me preparo como es costumbre y salgo. El uniforme me proteje de todo lo que hay fuera, los ruidos, el aire sucio, el frio y, cuando salga, el sol asfixiante. No hay nadie de los pocos que quedaban a pesar de todo. Al menos eso ya fue una diferencia en la monomanía que se copia a sí misma constantemente.

Las ramas desnudas de unos pocos árboles no indican nada, hace mucho ya que no brotan plantas en esta zona, en el mundo entero. Subo al transporte que se eleva entre los escombros, los huesos. Veo de arriba justo el círculo donde existo, donde nada cambia. Del resto no queda nada.

En mi trabajo todo persiste, esa burocracia sagrada a las que muchos les rinden culto y que yo alimento con papeles una y otra vez cual bestia hambrienta salida del mismo infierno. O acaso esto el infierno. Ya no importa. Nada importa.

Se cierran las ventanas pues el sol quema de verdad todo. Nada nos proteje ahora de su furia vengativa. Es un buen momento para descansar un poco, recargar energía, completar formularios, oficios, sellos y otras cosas que ni vale la pena mencionar. Puedo terminar todo dado que nadie llega, nunca.

Debo esperar hasta la noche para salir, para ir a mi zona aislada donde no queda nadie pero hay un lugar donde estar al menos. No duermo nunca, cuelgo de mi lado, junto a los demás como yo, el mismo modelo, del mismo año, en las mismas condiciones, con los mismos cuidados. El mismo programa que nos hace uno solo siendo seres individuales.

Martín Espinoza, 22 de julio de 2017.-

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