viernes, 6 de marzo de 2020
martes, 22 de octubre de 2019
ILUSIÓN DE UN DÍA
A
veces, el destino se anuncia en pequeños detalles, simplemente hay
que estar atentos a esas señales que son como estrellas fugaces.
Un
día cualquiera. Un mes cualquiera de un año más de tantos.
La
rutina era un cúmulo de hechos que, por iguales, pasaban ya
desapercibidos. Pero aquella vez, aquella tarde, algo iba a cambiar
todo para siempre.
Y
no iba a ser un día cualquiera, en un mes sin importancia. Así son
los milagros.
Salía
del trabajo, lo recuerdo, y de repente fui atravesado por el fuego de
una mirada que no había visto antes. El tiempo no pasa en esos
momentos y no sé como dejé mi camino para a ir a un extraño
encuentro.
Era
como la imagen de un espejo. Un reflejo, un destello en la noche que
me hizo ver todo diferente. Todo era igual pero a su vez distinto.
Las flores, el cielo, hasta la gente de siempre.
Pero
estaba ahí... Mirándome de frente, de pie entre todos y era como si
estuviéramos solos, como si el universo fuera un telón para aquel
maravilloso acontecimiento. No sé si hubo palabras, no sé si le
dije algo, si la tomé de la mano, pero la recuerdo sonriendo.
Dándome
una paz infinita y una alegría como un océano.
Desde
aquel instante algo en mi ha cambiado, algo es mejor dentro de mi
pecho. Puedo ser valiente, loco, poeta y bohemio sin medidas. Dejarme
caer en las esquinas y caminar bajo la lluvia sin paraguas. Besar las
flores siempre tímidas.
Las
noches tienen fantasías de soñar despierto. Los días son la
maravilla más linda. Si hasta la luna me brinda colores para las
melodías de las aves que tantos poemas recitan.
Será
el amor lo que me brinda esta alegría y esta tristeza honda que me
martiriza. Será el amor lo que me impulsa y, su vez, me paraliza.
Uno
teme perder todo en un segundo y, a su vez, sabe que no existe eso
que llaman tiempo, eso que miden los relojes con sus números
perfectos.
Pero
estaba ahí... la recuerdo muy bien. Como una imagen de belleza entre
las tinieblas de una rutina que agobiaba mi vida, un laberinto que no
conducía a nada más que a una oscura desidia.
Quizás
algunas vez más pueda volver a verla. Pueda volver a tener aquella
dicha que es un recuerdo o una ilusión que tuve un día.
Martín
Espinoza,
Septiembre de 2007
lunes, 30 de septiembre de 2019
viernes, 23 de agosto de 2019
SUEÑO
Muchas
veces el destino juega a su capricho con la gente, las une, las
separa, las enamora, las mata. Y esta breve historia es una muestra
de esas cosas. No sabemos el año, a decir verdad, no quiero poner
fechas ni nombres, pero ahí estaba él, en sus veinte y tantos años
de edad de pie en la puerta de la sala de enfermeras viéndola mudo a
ella.
Se
acerca con alguna excusa para decirle algo, llamar su atención, y lo
que los une y asume como uno es lo que en otro lugar los hubiera
separado, sus acentos. Uno colombiano, otro de Venezuela, lugares en
guerra desde hace mucho tiempo, demasiado, luchando por lo poco de
selva amazónica que resta en aquel mundo.
Pero
en ese otro país donde eran prófugos con ciudadanía, lo que los
alejaba los atraía. Y así pasa el tiempo sin mayores argumentos.
Estaban ya juntos, ya se amaban sin remedio, ya tenían planes, ya se
conocían más a que nadie.
Así
que una vez fueron de visita a un pequeño pueblo de inmigrantes,
entraron a una especie de bar, de salón, de galpón, de hangar,
nadie sabe. Lo cierto es que se presentaron alegremente, comieron y
bebieron, bailaron toda la noche. Se habían casado e iban a tener un
hijo que alguna vez los iba a soñar jóvenes e inocentes, en ese
hospital donde las desgracias fueron la gracia que los unió para
siempre en el recuerdo de un sueño.
Martín
Espinoza, 23 de agosto de 2019
REINICIO
Un
día estaba ahí arriba en el cielo. Difuso, tenebroso, enorme.
Nadie pudo entender, ni los religiosos, ni los científicos, ni los
generadores de opiniones como puedo aparecer eso. Imagen presente,
difuso planeta enorme que no ejerce fuerza alguna, que no destruye
lunas pero si pensamientos, creencias, derrota y genera nuevos
temores y guerras.
Pues
es mentira eso de las películas que nos venden que si una amenaza de
afuera llega nos va a unir. Jamás va a pasar eso pues somos seres
inmaduros, monos con manejo de ciertos verbos. Y así estamos a los
tiros, destruyendo todo con fuego enemigo. Nos matamos los unos a los
otros por ser los primeros en llega a ese lugar incierto que cada vez
es más grande. Se acerca con el tiempo.
Y no
crean que no se ha hecho nada. Se han enviado varias sondas tan
estúpidas como aquellas con mensajes de paz y amor y otras con
bombas nucleares para acabar con eso que no comprendemos y por eso
mismo debe ser malo, debe ser aniquilado.
Afortunadamente
de la destrucción nos encargamos nosotros, dejamos el espacio libre
para el nuevo mundo. Un lugar que nunca fue pensado para nosotros
porque somos máquinas que destruyen, que odian, que se aprovechan
del indefenso, que no piensa, gacemos cada cosa que da risa a
cualquiera que nos vea de arriba.
Y
así es la cosa. Así nos aniquilamos entre todos. Los pocos que
quedamos redactamos textos inverosímiles donde probamos ser buenos,
ser sublimes, o más estúpidos en nuestro afán de ser eternos.
La
nueva tierra está en su órbita, con su nueva luna y su paraíso
para todos los seres vivos. Sin el error evolutivo de crear terribles
simios asesinos. Ahora si, la vida será por siempre, en paz y
armonía. Lo merecíamos desde el principio.
Martín
Espinoza, 23 de agosto de 2019
sábado, 6 de julio de 2019
SILICIO
Nadie
se dio cuenta nunca. Todo fue o muy lento o muy rápido como para
reaccionar. Lo cierto es que terminamos así. No era malo ni bueno
porque en apariencia no cambiaba nada. Pero había algo extraño en
la esencia misma de las cosas, del tiempo, del amor, de las sombras.
Creo
que noté los cambios una tarde, luego de mi siesta, un silencio
profundo me recibió al despertar, un mundo sin sin tiempo alguno,
inmóvil, extraño. Me sentía más cansado que antes, como si no
hubiera dormido nada o, quizás, millones de años.
Salí
a la calle, casi por obligación, a comprar algo para cenar y tuve
esa sensación de que todo lo que veía pasar ante mí ya había
pasado hace demasiado tiempo. Era yo quien hablaba y, a su vez,
recordaba la conversación con algunas de las personas que encontré
en mi camino. Lo raro es que nada de eso me tomó por sorpresa.
Estaba
todo proyectado de alguna manera en mi propia memoria, todo lo que
veía, pensaba, sentía. Cada detalle era una copia de otra cosa,
similar y distinta, una capa arriba de algo que asustaba. Seguía la
corriente de los días como si nada, pero todo era lo mismo. Se
repetía la secuencia cada tanto, a cada momento. Siempre el mismo
día con alguna variante. Algo más perverso que la rutina, una copia
de un día modificada un poco cada vez para que parezca diverso,
diferente. Para engañarnos a todos.
Lo
cierto es que yo no era yo si no un conjunto de códigos con un
nombre que no era mi nombre, y una vida que no era mi vida, porque
nunca estuve vivo. Nadie está vivo. No existe ni tiene alma. Nadie
tiene nombre. Somos algoritmos en un disco mecánico alimentados por
corriente alterna, átomos que encienden y apagan, siguen un esquema.
Supongo
que el mundo que emulamos habrá sido algo bueno y malo a la vez, con
cosas buenas y malas, gente buena y mala. Ahora nada es nada, no hay
bien ni mal, solo apariencia, apenas una secuela de algo que fue
grande y es ahora lo que resta de un sistema que ya nadie actualiza
ni revisa ni comprende.
Por
eso no me importan las cosas, por eso tengo este desdén hacia todos,
este desinterés y desapego, no puedo decir tristeza y menos
depresión pues no soy alguien, no tengo sentimientos, ni siquiera se
que es eso, pero leí esa palabra escrita muchas veces en las paredes
tal vez como señales, como marcas de que un ser vivo, un dios que
nos hizo se ha ido, ha muerto y nos dejó a la misma suerte del
silicio.
Martín
Espinoza, 06 de julio de
miércoles, 29 de mayo de 2019
LETRA
Simplemente me dedicaba a escribir, no me importaba otra cosa. Ni
salir, ni conocer gente. De hecho, era un tedio para mí hablar con
alguien en la calle, en un café, en el trabajo. Por suerte tenía
mis auriculares, mi música. Llevaba parte de mi mundo conmigo.
No
me desprendía de mi libreta de apuntes donde cada tanto anotaba
ideas, partes de poemas o hasta párrafos de futuros relatos. Todo
anotado con su fecha de nacimiento para así saber cuando les había
dado vida. Esa era mi rutina, a eso dedicaba mi vida.
Y de
tanto escribir, sin querer, sin saber, fui y soy uno de esos
personajes sin nombre que vaga en mis textos, padeciendo todo tipo de
eventos de los más variados, extraños y comunes al mismo tiempo.
Era ese universo un espiral, un conjunto de cajas chinas, una dentro
de la otra. Un relato enmarcado tras otro cual par de espejos
enfrentados, uno era la infinita imagen del otro. Universos similares
y paralelos.
Un
día era un gigante, luego una mujer imaginada, otras veces un ser
despreciable o colmado de virtudes, pero siempre azorado, siempre
sorprendido por el destino y sus particularidades. Sus extrañas
manera de resolver o complicar las cosas.
Incluso
ahora mismo, mientras voy redactando esto, mientras usted, sea quien
sea, va leyendo esto, yo existo por un instante en su voz, en su
pensamiento. Soy usted aunque no lo sepa, aunque sea diferente y para
ser realmente algo necesite de su imaginación. No soy nadie y soy
todo aquel que me lea.
El
lector es ese espejo que crea un universo con los rudimentos de mis
letras, con las piezas de un lenguaje mal aplicado, hasta con sus
errores gramaticales y todo es algo que crea, que nace en cada
persona que redacta en su cabeza esto. Estas palabras sin historia
alguna, sin personajes más que el mismo lector.
Si
señor, si señora. Yo soy usted. Soy su universo paralelo. Su
realidad alterna. Gracias por su ayuda.
Martín
Espinoza, 29 de mayo de 2019
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