lunes, 30 de septiembre de 2019
viernes, 23 de agosto de 2019
SUEÑO
Muchas
veces el destino juega a su capricho con la gente, las une, las
separa, las enamora, las mata. Y esta breve historia es una muestra
de esas cosas. No sabemos el año, a decir verdad, no quiero poner
fechas ni nombres, pero ahí estaba él, en sus veinte y tantos años
de edad de pie en la puerta de la sala de enfermeras viéndola mudo a
ella.
Se
acerca con alguna excusa para decirle algo, llamar su atención, y lo
que los une y asume como uno es lo que en otro lugar los hubiera
separado, sus acentos. Uno colombiano, otro de Venezuela, lugares en
guerra desde hace mucho tiempo, demasiado, luchando por lo poco de
selva amazónica que resta en aquel mundo.
Pero
en ese otro país donde eran prófugos con ciudadanía, lo que los
alejaba los atraía. Y así pasa el tiempo sin mayores argumentos.
Estaban ya juntos, ya se amaban sin remedio, ya tenían planes, ya se
conocían más a que nadie.
Así
que una vez fueron de visita a un pequeño pueblo de inmigrantes,
entraron a una especie de bar, de salón, de galpón, de hangar,
nadie sabe. Lo cierto es que se presentaron alegremente, comieron y
bebieron, bailaron toda la noche. Se habían casado e iban a tener un
hijo que alguna vez los iba a soñar jóvenes e inocentes, en ese
hospital donde las desgracias fueron la gracia que los unió para
siempre en el recuerdo de un sueño.
Martín
Espinoza, 23 de agosto de 2019
REINICIO
Un
día estaba ahí arriba en el cielo. Difuso, tenebroso, enorme.
Nadie pudo entender, ni los religiosos, ni los científicos, ni los
generadores de opiniones como puedo aparecer eso. Imagen presente,
difuso planeta enorme que no ejerce fuerza alguna, que no destruye
lunas pero si pensamientos, creencias, derrota y genera nuevos
temores y guerras.
Pues
es mentira eso de las películas que nos venden que si una amenaza de
afuera llega nos va a unir. Jamás va a pasar eso pues somos seres
inmaduros, monos con manejo de ciertos verbos. Y así estamos a los
tiros, destruyendo todo con fuego enemigo. Nos matamos los unos a los
otros por ser los primeros en llega a ese lugar incierto que cada vez
es más grande. Se acerca con el tiempo.
Y no
crean que no se ha hecho nada. Se han enviado varias sondas tan
estúpidas como aquellas con mensajes de paz y amor y otras con
bombas nucleares para acabar con eso que no comprendemos y por eso
mismo debe ser malo, debe ser aniquilado.
Afortunadamente
de la destrucción nos encargamos nosotros, dejamos el espacio libre
para el nuevo mundo. Un lugar que nunca fue pensado para nosotros
porque somos máquinas que destruyen, que odian, que se aprovechan
del indefenso, que no piensa, gacemos cada cosa que da risa a
cualquiera que nos vea de arriba.
Y
así es la cosa. Así nos aniquilamos entre todos. Los pocos que
quedamos redactamos textos inverosímiles donde probamos ser buenos,
ser sublimes, o más estúpidos en nuestro afán de ser eternos.
La
nueva tierra está en su órbita, con su nueva luna y su paraíso
para todos los seres vivos. Sin el error evolutivo de crear terribles
simios asesinos. Ahora si, la vida será por siempre, en paz y
armonía. Lo merecíamos desde el principio.
Martín
Espinoza, 23 de agosto de 2019
sábado, 6 de julio de 2019
SILICIO
Nadie
se dio cuenta nunca. Todo fue o muy lento o muy rápido como para
reaccionar. Lo cierto es que terminamos así. No era malo ni bueno
porque en apariencia no cambiaba nada. Pero había algo extraño en
la esencia misma de las cosas, del tiempo, del amor, de las sombras.
Creo
que noté los cambios una tarde, luego de mi siesta, un silencio
profundo me recibió al despertar, un mundo sin sin tiempo alguno,
inmóvil, extraño. Me sentía más cansado que antes, como si no
hubiera dormido nada o, quizás, millones de años.
Salí
a la calle, casi por obligación, a comprar algo para cenar y tuve
esa sensación de que todo lo que veía pasar ante mí ya había
pasado hace demasiado tiempo. Era yo quien hablaba y, a su vez,
recordaba la conversación con algunas de las personas que encontré
en mi camino. Lo raro es que nada de eso me tomó por sorpresa.
Estaba
todo proyectado de alguna manera en mi propia memoria, todo lo que
veía, pensaba, sentía. Cada detalle era una copia de otra cosa,
similar y distinta, una capa arriba de algo que asustaba. Seguía la
corriente de los días como si nada, pero todo era lo mismo. Se
repetía la secuencia cada tanto, a cada momento. Siempre el mismo
día con alguna variante. Algo más perverso que la rutina, una copia
de un día modificada un poco cada vez para que parezca diverso,
diferente. Para engañarnos a todos.
Lo
cierto es que yo no era yo si no un conjunto de códigos con un
nombre que no era mi nombre, y una vida que no era mi vida, porque
nunca estuve vivo. Nadie está vivo. No existe ni tiene alma. Nadie
tiene nombre. Somos algoritmos en un disco mecánico alimentados por
corriente alterna, átomos que encienden y apagan, siguen un esquema.
Supongo
que el mundo que emulamos habrá sido algo bueno y malo a la vez, con
cosas buenas y malas, gente buena y mala. Ahora nada es nada, no hay
bien ni mal, solo apariencia, apenas una secuela de algo que fue
grande y es ahora lo que resta de un sistema que ya nadie actualiza
ni revisa ni comprende.
Por
eso no me importan las cosas, por eso tengo este desdén hacia todos,
este desinterés y desapego, no puedo decir tristeza y menos
depresión pues no soy alguien, no tengo sentimientos, ni siquiera se
que es eso, pero leí esa palabra escrita muchas veces en las paredes
tal vez como señales, como marcas de que un ser vivo, un dios que
nos hizo se ha ido, ha muerto y nos dejó a la misma suerte del
silicio.
Martín
Espinoza, 06 de julio de
miércoles, 29 de mayo de 2019
LETRA
Simplemente me dedicaba a escribir, no me importaba otra cosa. Ni
salir, ni conocer gente. De hecho, era un tedio para mí hablar con
alguien en la calle, en un café, en el trabajo. Por suerte tenía
mis auriculares, mi música. Llevaba parte de mi mundo conmigo.
No
me desprendía de mi libreta de apuntes donde cada tanto anotaba
ideas, partes de poemas o hasta párrafos de futuros relatos. Todo
anotado con su fecha de nacimiento para así saber cuando les había
dado vida. Esa era mi rutina, a eso dedicaba mi vida.
Y de
tanto escribir, sin querer, sin saber, fui y soy uno de esos
personajes sin nombre que vaga en mis textos, padeciendo todo tipo de
eventos de los más variados, extraños y comunes al mismo tiempo.
Era ese universo un espiral, un conjunto de cajas chinas, una dentro
de la otra. Un relato enmarcado tras otro cual par de espejos
enfrentados, uno era la infinita imagen del otro. Universos similares
y paralelos.
Un
día era un gigante, luego una mujer imaginada, otras veces un ser
despreciable o colmado de virtudes, pero siempre azorado, siempre
sorprendido por el destino y sus particularidades. Sus extrañas
manera de resolver o complicar las cosas.
Incluso
ahora mismo, mientras voy redactando esto, mientras usted, sea quien
sea, va leyendo esto, yo existo por un instante en su voz, en su
pensamiento. Soy usted aunque no lo sepa, aunque sea diferente y para
ser realmente algo necesite de su imaginación. No soy nadie y soy
todo aquel que me lea.
El
lector es ese espejo que crea un universo con los rudimentos de mis
letras, con las piezas de un lenguaje mal aplicado, hasta con sus
errores gramaticales y todo es algo que crea, que nace en cada
persona que redacta en su cabeza esto. Estas palabras sin historia
alguna, sin personajes más que el mismo lector.
Si
señor, si señora. Yo soy usted. Soy su universo paralelo. Su
realidad alterna. Gracias por su ayuda.
Martín
Espinoza, 29 de mayo de 2019
BESTIA
Vivíamos todos juntos en una pequeña aldea con murallas altas y una
gran fosa que la rodeaba. Con altas torres desde donde siempre
vigilábamos a lo lejos la llegada de ellos: los gigantes. Ya
sabíamos que venían por el eco de sus pisadas, por la nube de polvo
que se levantaba.
Eran
rojos, enormes, altos, de varios metros, vestidos con harapos,
grotescos y malvados. Para ellos éramos su almuerzo, lo único que
les gustaba comer. Nos casaban a cualquier hora. Si bien no eran muy
inteligentes eran muchos y muy fuertes.
Nunca
supimos de donde habían venido, de que lugar, si de este u otro
planeta. De esta dimensión o alguna más perversa y aterradora. Lo
cierto es que destruyeron ciudades, asolaron civilizaciones enteras
sin piedad alguna, sin medir consecuencias, no dejaban nada en pie.
Eran demonios terribles, mensajeros de la muerte.
Por
suerte, a pesar de nuestro leve tamaño éramos más inteligentes que
ellos, astutos, sabíamos sobrevivir. Hacer trampas. Conocimos sus
puntos débiles, como darles muerte. No era fácil, siempre tuvimos
muchas pérdidas humanas pero de a poco fuimos equilibrando las cosas
a nuestro favor. Sin embargo, un día sucedió algo inesperado para
todos. Para mí.
Recuerdo
todavía estar con Alissa en nuestras torres de vigilancia, ya
aburridos del tedio de pasar largas horas ahí arriba sin que pase
nada. Pero las desgracias no avisan nunca. De repente ella grita de
terror, estaba oscuro y una ráfaga de viento apagó las antorchas,
no veía nada pero escuchaba los ruidos, los pedidos de auxilio. No
pude hacer nada, porque caí y perdí la conciencia.
Cuando
desperté era ya de día, estaba todo demasiado calmo, el sol parecía
más pequeño que de costumbre, las nubes bajas. Era un paisaje
similar y distinto a la vez. Me paré con dificultad, me costaba
moverme, me sentía mareado y débil. Confundido.
La
busqué a Alissa con la mirada, era raro pero podía ver hasta bien
lejos en el horizonte, quise decir su nombre pero no pude emitir
palabra, lo intentaba pero cada vez que hablaba emitía un gemido, un
grito que me asustó hasta a mí mismo. Caminé hasta lo que parecía
ser un conjunto de casas amuralladas a lo lejos. Quería allegar
hasta ahí puesto que ya tenía hambre, mucha hambre.
Al
llegar vi columnas de fuego, una campana sonaba sin parar, quise
avisarles que llegaba pero otra vez mi voz no respondía, no pude
decir mi nombre ni preguntar por Alissa. Hasta que la vi entre ellos,
parecía herida. Corrí a su encuentro pero caí no sé donde, una
especie de zanja inmensa repleta de brea. Quise salir pero no podía,
a pesar de usar toda mi fuerza y gritar pidiendo auxilio.
Alissa
me miraba fijo desde su almena, de una manera fría y penetrante,
dura, como de odio. Me quedé absorto al verla así, tan delicada y
pequeña, tan asustada y con tanta ira en mi contra. Y fue cuando
disparó su flecha de fuego hacia donde yo estaba, hundido, pegado,
sin poder salir.
La
llamas subieron rápidamente, no sentía nada, no pensaba claro, pero
por lo menos pude mirarla por última vez antes de caer cual tea
ardiente y dejar de ser ese monstruo que no sabía que lo era hasta
que la vi a ella, hasta que me vi a mí mismo rojo, gigante y torpe.
Enamorado, confundido, furioso y triste a la vez.
Martín
Espinoza, 28 de mayo de 2019
martes, 5 de marzo de 2019
NUEVO
Fue
una tormenta extraña, de esas nunca antes vitas. Vientos
huracanados, granizo, muchos relámpagos, demasiados. Como casi
siempre sucede fue de madrugada cuando uno está más desprevenido,
de ahí sus nefastas consecuencias.
No
supe que hacer, ni a donde ir, menos donde esconderme para evitar
salir lastimado. Estallaron los vidrios. Todo de repente se volvió
azul, y el viento arrasó todo y a todos. No recuerdo donde desperté,
donde recuperé la conciencia, era un paisaje familiar y a la vez
extraño.
Caminé
sin rumbo fijo buscando recordar el camino a casa, a lo que quedaba
de mi casa. Mi sorpresa grande fue ver que estaba todo en su lugar,
como si nada hubiera pasado. Porque nada había pasado y, sin
embargo, todo era distinto.
Me
miraron azorados al abrir la puerta pues yo no pude ya que no tenia
llaves. Mi esposa me preguntó que hacía volviendo después de todo
ese tiempo y de lo que había hecho, yo le dije que me perdí esa
misma noche en la tormenta y que ahora volvía a casa luego de unas
pocas horas de inconsciencia. Nadie creyó mis palabras me dejaron
afuera,
Fui
a la casa de unos amigos del barrio pero no había nadie, de hecho,
parecía un lugar abandonado, una casa vieja y derruida por los años.
De todos modos entré y encontré varias cosas mías, cosas que no
sabía como estaban ahí, quizás esa era mi casa, mi antigua casa,
mi casa de siempre en ese lugar. No lo podía creer.
Pasé
otra noche extraña, con sueños de cosas nuevas y de cosas viejas,
de una vida y otra. Al despertar busqué entre las viejas cosas que
había y encontré mis documentos. En ese momento supe quien era, mi
nombre y mi tiempo de ausencia. No era yo o lo era de todos modos.
Volví
a mi trabajo pero no pude entrar tampoco, nadie me conocía y yo no
conocía a nadie. Pasó el tiempo y vagando de un lugar a otro supe
la historia de ese nuevo mundo donde yo era un ausente, un olvidado,
un desconocido.
Por
suerte entres sus cosas, mis cosas, había algo de dinero, con eso
pude viajar al pueblo de mis padres, de mi niñez. Afortunadamente
ellos, nuestros padres, me reconocieron. Les relaté mi periplo;
permanecieron mudos sin poder creerme nada, hablaron algo de mis
viejos vicios y que necesitaba ir a un hospital. Les dije la verdad,
que no tenía vicios, salvo el de leer, y se rieron de eso.
Supe
muchas cosas de él, de mí. Yo ahora era él. Una versión mejor
supongo. Un nuevo yo, un nuevo él. Era tiempo de seguir viendo o,
mejor dicho, comenzar una nueva vida dentro de una historia vieja, de
un cuerpo muy parecido al mío con un alma distinta.
Martín
Espinoza, marzo de 2019
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